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viernes, 27 de marzo de 2026

El laboratorio de lo humano

Apunte del 2007: actualización



«¡El teatro ha muerto! No es posible que, habiéndose desarrollado la tecnología, aún se siga haciendo arte como hace dos mil años; hacer teatro hoy es como escribir con plumas de ganso teniendo una computadora». Así me despedía un amigo hace algún tiempo.

El teatro ha sido declarado muerto muchas veces, como si su antigüedad lo condenara a la obsolescencia. Sin embargo, esas sentencias recuerdan más a juegos de ingenio que a verdades definitivas: en un grafiti satírico —un meme de la era analógica—, Nietzsche fue proclamado difunto por Dios en un muro universitario, y aun así seguimos leyendo a Nietzsche. Del mismo modo, el teatro, pese a los augurios de quienes lo consideran un arte arcaico, se mantiene vivo porque ofrece al ser humano un espacio irreemplazable para decir, hacer y ser.

En un mundo cada vez más digital y fragmentado, esa persistencia no es casual: el teatro funciona como un ágora contemporánea, un lugar de encuentro donde se procesan las crisis colectivas y se ensayan respuestas a lo que nos desborda. No es un lujo ni un pasatiempo, sino un laboratorio de reflexión que nos recuerda que la experiencia compartida sigue siendo necesaria.

Y es precisamente la magia de lo presencial lo que lo convierte en un territorio insustituible. Frente a la virtualidad que domina la vida cotidiana, el teatro nos devuelve lo más humano: el contacto físico, la palabra compartida y la posibilidad de imaginar juntos un mundo distinto. Por eso, aunque se anuncie su muerte, el teatro seguirá renaciendo cada vez que alguien se atreva a habitarlo.