Nunca pensé en ser profesor. En el espectro de lo que podía ser mi vocación, la docencia no figuraba ni remotamente. Mi referente y estandarte era mi tío Pedro: músico y pintor empírico, «pelotero» pertinaz y bohemio impenitente. Tenía fama de comodón para el trabajo, pero se volvía sacrificado y diligente cuando se trataba de participar en alguna actividad deportiva, fiesta costumbrista o velada artística donde se fomentara el quererse, valorar lo propio y celebrarlo. Conociéndome, confirmo que compartimos muchos genes.
Traté, pero no pude elegir mi camino: hubo fuerzas que me fueron llevando por el que, finalmente, transité. . Reynaldo D’Amore fue el primero. A mi vuelta de los estudios de teatro y mimo que hice en Buenos Aires, me propuso dictar clases. Intenté rehusar la idea, arguyendo inexperiencia e impericia como profesor, pero él, sin más trámite, me puso a dar clases en la escuela dramática del Club de Teatro de Lima.
Al comenzar, en medio de las dudas, quiso la casualidad que un diligente amigo pusiera en mis manos un libro que por entonces circulaba en una edición económica: Ética a Nicómaco. Lo leí porque no tenía nada mejor que hacer:
«(...) Se cree además que toda ciencia es enseñable y que lo escible es aprendible (...) Mas toda enseñanza parte de lo preconocido, pues se hace o por inducción o por silogismo. Ahora bien, la inducción es del principio, es decir, del universal, y el silogismo parte de lo universal: hay por tanto principios de los cuales deduce el silogismo y de los cuales no hay silogismo: hay inducción. La ciencia, por tanto, es un hábito demostrativo…»
En cristiano: enseñar consiste en partir de lo que ya sabemos y construir a partir de ahí, mediante el razonamiento, aquello que queremos que el otro aprenda.
Desde entonces me quedé sin excusas y dictar clases pasó a ser mi quehacer cotidiano. Donde presentaba mi espectáculo, tenía que desarrollar un taller; donde hacía mimo o teatro, tenía que enseñar a hacer mimo o teatro.
Pero este no es solo mi caso: algo parecido le ha pasado, y aún le pasa, a muchos colegas.
Decidía el qué y el cómo y daba la clase, pero faltaba un paso para completar la tríada: pedía a los alumnos que improvisaran una escena en la que aplicaran lo aprendido. Ver aquello me indicaba si mi proceder había sido adecuado para el propósito. Sin saberlo todavía, estaba incorporando una pregunta fundamental: ¿cómo sé que el otro aprendió?
Pero estoy yendo muy rápido, sin explicar —o al menos intentar explicar— de dónde salía ese «qué enseñar».
Vamos, ¿qué voy a enseñar? A hacer las letras. ¿Cómo? Primero, cómo agarrar la pluma y hacer palotes verticales; luego, palotes horizontales; después, diagonales, curvas y bucles. El mimo no es distinto.
En el corazón de lo que enseñaba —los palotes— estaba la insistencia en responder a todo corporalmente:
Quién eres: a través de tu comportamiento.Qué quieres y a qué te dedicas: a través de lo que haces.Dónde estás, en qué circunstancias y cómo te afecta: a través de tus reacciones.
Pero, para todo esto, ¿con qué cuenta o necesita contar un mimo (o un actor, que para el caso es lo mismo)? Con un espacio donde presentar o mostrar su creación; un espacio en el que se desplaza mediante sus órganos de locomoción: las piernas. Moverse en ese entorno demanda cumplir con reglas básicas de distancia y tiempo, pues no es lo mismo desplazarse que quedarse inmóvil, caminar que correr, ubicarse de frente o de espaldas, a la derecha o a la izquierda, cerca o lejos, en puntas o con las plantas de los pies. O, si su poética lo requiere, sintetizar todo eso hasta lo esencial: el extremo, la evocación.
Comenzamos a transformar el espacio —el mundo— manipulando las cosas. En el caso del mimo, estos objetos pueden ser reales o evocados. Aunque se presta mayor atención a los objetos evocados, el objeto real es el más complicado de manipular, pues no perdona ninguna distracción. ¿Cómo se manipula un objeto querido o rechazado, caliente o frío, pequeño o grande?
La manipulación o el contacto con el objeto propicia una transformación en una parte o en todo el cuerpo del mimo. Si el objeto es evocado, esta transformación denota su presencia: la mano se adapta a las formas del objeto que toma; el cuerpo adopta las formas del objeto con el que entra en contacto (si es una silla, adquiere forma de silla, pues de lo contrario no podría sentarse); si es algo pesado, flexiona las piernas e inclina el tronco para hacer visible ese peso.
Esta transformación produce cambios que entran en el terreno de la connotación: el cuerpo ya no solo muestra el objeto, sino que empieza a decir algo sobre él.
El mimo no siempre está solo; mejor dicho: no tiene por qué estarlo. La presencia del «otro» —que incluso podría ser él mismo evocándolo— demanda un diálogo.
Y la lista sigue, pero no soy capaz de exponerla del todo en un texto; apenas puedo hacerlo en una clase práctica.
En la Escuela Argentina de Mimo, que dirigía Ángel Elizondo, las materias —hasta donde recuerdo— eran: espacio, objetos, mimetismo, sentimientos, reglas, acción, diálogo... No recuerdo más, han pasado más de cuarenta años.
Asistí a otras escuelas pero, de las que conocí, básicamente funcionaban como lo que el maestro Raúl Serrano llamaba «conservatorios». La escuela de Elizondo, en cuanto al mimo, era la única que respondía a lo que Serrano llamaba «creatorio». En este camino tuve la suerte de conocer a un «loco necesario», Alberto Sava. Creo que entablamos una amistad cordial; «sufrí» sus performances y admiro su constancia. Tengo noticias de que todavía persiste.
En este punto, habrá notado el lector que no menciono gimnasia alguna. Sin embargo, en el mimo es tan necesaria como para aprender a escribir. Entiéndaseme, por favor.



