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viernes, 27 de marzo de 2026

El laboratorio de lo humano

Apunte del 2007: actualización



«¡El teatro ha muerto! No es posible que, habiéndose desarrollado la tecnología, aún se siga haciendo arte como hace dos mil años; hacer teatro hoy es como escribir con plumas de ganso teniendo una computadora». Así me despedía un amigo hace algún tiempo.

El teatro ha sido declarado muerto muchas veces, como si su antigüedad lo condenara a la obsolescencia. Sin embargo, esas sentencias recuerdan más a juegos de ingenio que a verdades definitivas: en un grafiti satírico —un meme de la era analógica—, Nietzsche fue proclamado difunto por Dios en un muro universitario, y aun así seguimos leyendo a Nietzsche. Del mismo modo, el teatro, pese a los augurios de quienes lo consideran un arte arcaico, se mantiene vivo porque ofrece al ser humano un espacio irreemplazable para decir, hacer y ser.

En un mundo cada vez más digital y fragmentado, esa persistencia no es casual: el teatro funciona como un ágora contemporánea, un lugar de encuentro donde se procesan las crisis colectivas y se ensayan respuestas a lo que nos desborda. No es un lujo ni un pasatiempo, sino un laboratorio de reflexión que nos recuerda que la experiencia compartida sigue siendo necesaria.

Y es precisamente la magia de lo presencial lo que lo convierte en un territorio insustituible. Frente a la virtualidad que domina la vida cotidiana, el teatro nos devuelve lo más humano: el contacto físico, la palabra compartida y la posibilidad de imaginar juntos un mundo distinto. Por eso, aunque se anuncie su muerte, el teatro seguirá renaciendo cada vez que alguien se atreva a habitarlo.

lunes, 22 de septiembre de 2025

¡Feliz día del mimo!

—¡Feliz día! —me espeta a las 8 de la "mornin" el colega César Chirinos.
Mientras me sacudo pesadamente el sueño incompleto, pregunto:
—¿Qué día es hoy? Porque, hasta donde recuerdo, hoy vence el día de pago de mis deudas.
—Dicen los hijos de Marceau que es el día internacional del mimo —responde.
—Ah, cierto… —Temprano (eufemismo de "ayer"), había brindado por el silencio en estos términos:

Juré ser el señor del silencio,
maestro de gestos, poeta del aire,
pero hoy me obligo a romper el hechizo
y a soltar palabras... ¡qué desmadre!

¿Cómo explicar con voz lo que las manos
dibujaban en el espacio puro?
¿Para qué sirve un "¡Oh!" melodramático
si un puño al pecho ya lo dice duro?

Un discurso sobre el arte de no decir nada…
Me traiciona la lengua, el acento me delata,
vendiendo silencios... ¡a gritos y con ritmo!
¡La ironía muerde como un perro mudo!

(¿Ven? Esto antes lo hacía con mi mirada).
¿Quién soy si digo “yo”?
Se perdió el honor de aquel que hablaba
con una sonrisa en la mirada… Y bla bla bla…

¡Feliz día del mimo!



viernes, 2 de mayo de 2025

El juglar del siglo XX

Amigos, Herederos de la Memoria:

No despido a un hombre; celebro la vida de un artista monumental, un verdadero juglar de nuestro tiempo: Jorge Acuña Paredes. Su historia es un recordatorio de que la grandeza a menudo se encuentra en los lugares más inesperados, lejos de los reflectores y los salones de élite.

Quiero honrar a un hombre que no esperó un permiso para hacer arte, que no necesitó escenarios consagrados para conmover, que eligió el suelo desigual de las calles como su gran teatro. Un hombre que, en tiempos de golpes militares y carreras espaciales, decidió que su revolución sería de gestos, de cuentos y de risas compartidas bajo el cielo abierto de Lima.

Jorge Acuña Paredes, el mimo que al trazar un círculo con una tiza blanca en el suelo de la plaza San Martín, no solo delimitó un escenario: rompió el mito de que el arte era privilegio de unos pocos. "Tú eres el espectador y yo el actor", decía, borrando con esa frase décadas de jerarquías culturales. Los periódicos hablaban de un "loco", pero ese loco era, en verdad, un sabio: sabía que el teatro no nació en palacios, sino en las plazas, bajo la sombra de los árboles, donde la vida pulsa sin etiquetas.

Durante más de diez años, convirtió la plaza en su academia y en su templo. Con pantomimas como "La Sopita de los Pobres" o cuentos como "El ladrón que robó al ratón", no solo entretenía; interpelaba. Sus historias eran espejos donde el Perú se veía —a veces riendo, a veces incomodado—, pero siempre reconociéndose.

El mundo lo celebró antes que su propia tierra. Le Monde lo llamó "el verdadero juglar del siglo XX", y festivales como el de Nancy o Irán lo acogieron. Pero Jorge no buscaba fama; buscaba diálogo. Por eso, cuando le preguntaban "¿por qué en la calle?", respondía que allí empezó todo: "Nos habíamos olvidado... fuimos engañados".

Se fue a Suecia vestido de negro, con una máquina de escribir al hombro y una flor roja danzando en su sombrero. Algunos creyeron que volvería pronto, pero su exilio duró décadas. Sin embargo, como los grandes mitos, su legado no conoce fronteras. Hoy, cada artista callejero que transforma una esquina en escenario, cada mimo que desafía el ruido con silencio, cada cuentista que siembra palabras en el asfalto, lleva un poco de Jorge dentro.

Jorge Acuña Paredes no se fue; se multiplicó. En cada plaza donde alguien dibuja un círculo y dice "Aquí, ahora, esto es teatro", allí está él. En cada risa que estalla en medio del caos urbano, allí está él. En la terquedad de creer que el arte no es lujo, sino pan, allí está él.

Maestro, juglar, loco lúcido: gracias por enseñarnos que la calle no es el final, sino el principio. Que el arte no pide permiso; se toma la palabra. Y sobre todo, que la locura más hermosa es aquella que nos devuelve la libertad de crear, sin más testigos que la vida misma.

¡Que el aplauso de hoy no sea solo nuestro, sino de esas plazas que aún te esperan!

jueves, 28 de noviembre de 2024

To copy or not to copy

Alguna vez me han preguntado: «¿Qué consejo le darías a un joven que quiera iniciarse en este mundo?». Como no tengo logros lo suficientemente relevantes como para dar lecciones, prefiero no imponer un camino; me limito a alentar, a hacer barra.

Pero sí puedo advertir sobre algo de lo que yo mismo fui culpable.

Cuando empecé, me decían que fuera original, que todo lo mío debía surgir de mi inventiva: algo inédito, novedoso, diferente. Con el tiempo, yo también caí en esa idea. Estaba convencido de que, en mis inicios, había malgastado tiempo y esfuerzo copiando a otros, y quería ahorrarles ese rodeo a los que empezaban.

Era un iluso, y no solo en eso. Tardé años en entender que todos damos los primeros pasos sobre caminos trazados por otros. Por eso ahora, en lugar de sermonear, animo a copiar sin miedo.

No importa cuánto lo intentes: jamás lo harás exactamente igual. Tus diferencias —conscientes o no— se filtrarán en lo que hagas. Además, no copies por obligación, sino por curiosidad, por aprender. ¿De qué otra forma podrías hacerlo? Solo recorriendo ese camino, una y otra vez, irás encontrando tu propia voz. La originalidad llega con la persistencia.

Aprovecha esos primeros pasos copiando para dominar tu técnica, como el aprendiz de pintura que, al estudiar la obra de un maestro, no solo reproduce lo evidente, sino la pincelada misma… hasta encontrar la suya propia. ¡Y la composición! Hasta descubrir su manera única de ordenar el lienzo.

En el camino, oirás muchas opiniones. Hazte el sordo. Pero sé honesto contigo: cuando sientas que has desarrollado tu propia fuerza, abandona la ruta sin mirar atrás y construye tu propio camino. Y hazlo bien, porque alguien más podría seguirlo, evítale "accidentes".