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martes, 18 de agosto de 2026

Consecuente

Desde hace mucho me da vueltas en la cabeza algo que quiero y debo hacer: transmitir lo que aprendí. Que, en resumidas cuentas, es lo que he tratado de hacer desde que alguien me dijo: enséñame.

Lamento haber dejado pasar demasiados años porque en ese lapso he olvidado mucho. Sólo conservo lo que he ejercitado con mayor frecuencia. La memoria es ingrata.

Tenía muchos planes cuando amanecíamos al 2020: comprar una moto, recorrer Perú de extremo a extremo y actuar en todas las plazas que encontrara. Pero el año llegó con sorpresa: me obligó a aislarme y enseguida me convirtió en persona vulnerable. Los primeros meses de las restricciones anduve desconcertado, como todos; no voy a ahondar en eso porque aún es presente para muchos; despedí y rondé mi despedida, pero sigo aquí con una obligación pendiente.

Así que, en un intento por ser útil, retomé la redacción de esta breve compilación de lo que me fue informado por mis maestros; bueno, me refiero a lo salvado por el tamiz, deplorable, de mi comprensión.

Me he tardado, entre otras razones, porque creo que hay quienes pueden hacerlo muchísimo mejor porque tienen mucha más experiencia, capacidad, competencia. Pero he visto pasar el tiempo y… entonces me dije: bueno pues, compilaré lo que me acuerdo.

La tarea emprendida me es complicada porque por deformación, que para el caso llamaré deportiva (siempre estoy buscando lo simple, breve y eficaz), me cuesta mucho abundar en la explicación; tampoco puedo evitar, en muchos casos, decir las cosas por lo que no es.

Pero no sólo se trata de una suerte de memoria; en esto también tienen mucho que ver los estudiantes que me hacen el excesivo honor de considerarme maestro; porque si algo sé es porque ellos, con sus exigencias, me obligaron a estudiar lo que había aprendido.

Por último: redacto esto porque sé que muchos jóvenes, como yo hace muchos años, ante la escasez de escuelas de este arte buscan una manera de comenzar procurándose alguna lección por muy simple que sea. En mis tiempos esa búsqueda la hacíamos asistiendo ávidamente a los escasos espectáculos de mimo que se presentaban, leyendo algunas entrevistas a Marcel Marceau, viendo innumerables veces films en los que accidentalmente aparecía un mimo o acosando a mimos por una lección. Aunque ahora esa búsqueda se ha trasladado al ciberespacio, no me siento bien ignorándola. Por eso, aquí, algunas intuiciones que creo que podrían servir en este camino.

Pero…

Advertencia:

Lo que diré me fue enseñado por mis maestros. En esos textos no encontrará demasiadas ideas originales; sólo, espero, plagio legítimo.

Muchas cosas las escuché por ahí, las leí por allá o, quizá, se me ocurrieron. Pero suelo atribuirlas a alguien para darles alguna autoridad. Alguna vez le dije esto a mi maestro Ángel Elizondo:

—Lo siento, pero muchas veces digo que tú dices cosas que quizá no dijiste.
Él sonrió y respondió:
—Yo hago lo mismo con Decroux.

Conservo esta anécdota porque resume, para mí, lo que hace un maestro. Los conceptos, las definiciones y las teorías pueden adquirirse de muchas maneras. Pero la curiosidad, el carácter y la vocación de aprender se transmiten de otro modo. Un maestro no sólo entrega conocimiento: despierta el deseo de adquirirlo.

Así entendí que la autoría no siempre es un punto de partida; a veces es un punto de llegada. Pensamos porque otros pensaron antes. Nuestras ideas son, en gran medida, recombinaciones, préstamos y transformaciones. Nadie piensa completamente solo.

«Si he logrado ver más lejos, ha sido por estar subido sobre hombros de gigantes»
—Isaac Newton

Cuando digo «Elizondo dice...», no sólo intento darle autoridad a una idea. Pongo en escena a mi maestro; le doy un cuerpo a un concepto abstracto. Creo un linaje. No estoy necesariamente señalando a su propietario, sino reconociendo un eslabón.

Mi maestro, al decir que él hace lo mismo con Decroux, me recuerda precisamente eso: que también él es un eslabón y no un origen. Y quizá Decroux lo fue antes, heredando a su vez de otros, de la tradición, de la Commedia dell'Arte o de maestros cuyos nombres se han perdido.

La tradición no es una cadena de propietarios, sino un río. La autoría es un préstamo perpetuo.

Por eso, cuando atribuyo una idea a alguien, no siempre estoy diciendo: «él fue el primero en pensarla». A veces estoy diciendo: «esto llegó hasta mí a través de él». El conocimiento habita en las personas, pero difícilmente les pertenece.
Ángel Elizondo

Y sí: puede ocurrir que algo se me haya ocurrido a mí y lo ponga en boca de un maestro para que sea escuchado. Una mentira poética, quizá. Un homenaje. Como si, al atribuírselo a un gigante, estuviera añadiendo un ladrillo a su edificio.

Ahora entiendo que cuando digo «Elizondo dice», en ocasiones estoy diciendo en realidad: «yo pienso, pero necesito que tú me escuches».

Y cuando mi maestro respondió «yo hago lo mismo con Decroux», quizá me estaba dando un permiso tácito: el permiso para ser un eslabón y no un origen.

Ésa es, entonces, mi única autoría: no las ideas, sino la osadía de ponerlas en boca de los gigantes.





Dimensión Corporal

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domingo, 9 de agosto de 2026

Mimagínate

Reporte desde el frente de batalla

Trinchera: Casa de Lucía
Escuadra de infantería: Mimagínate
Batería de artillería: Manuel Chiock y Almendra Salas.
Zapador: Armando Abanto
Oficial de operaciones: César Chirinos

La llegada al frente

Desde el primer momento en la entrada, estos jóvenes desplegaron una logística impecable. Con su cuidado casi obsesivo y una atención al detalle que rayaba en la alta diplomacia, me obligaron a imponerme de lo rústico que era yo cuando me tocaba armar las cosas en mis tiempos. Sin disparar una sola salva, solo con ese despliegue de delicadeza y organización, ya me habían superado largamente. Uno, que viene de la vieja escuela del combate a puño limpio, no puede más que quitarse el sombrero.

La estrategia: la fuerza de lo esencial

Una vez iniciado el fuego cruzado, la lección fue clara: no hacen falta grandes florituras ni artilugios pirotécnicos; el verdadero poder bélico reside en lo simple. La economía del gesto, la precisión del espacio y la ilusión pura. Ver cómo con tan poco se construye tanto te reconcilia con el oficio. ¡Qué bonito! —expresión que, a decir verdad, me revienta usar por manida, pero que en este caso no es adorno, sino que refiere directo a la sustancia de lo que allí germinaba.

El contingente

Don Manuel: Tiene un carisma especial, de esos que no se ensayan: entra a la escena y lo despliega a voluntad, como quien abre un abanico en pleno desierto.

Doña Almendra: Algo tímida aún, contenida, pero pisando firme y —lo más importante— marchando con determinación por el camino del bien. La madera está ahí.

Y Don Armando Abanto transforma la atmósfera del lugar. Reescribe el momento, recreando la rutina en algo “hecho a mano”: el barniz que hace resplandecer la alegría de todos.

Veredicto final

El espectáculo en sí: ¡Qué gozada!, como bien dicen mis amigos del oriente peruano. Ver a la chiquillada atrapada en el aire que estos muchachos moldeaban con casi nada no solo fue un triunfo táctico, sino un deleite absoluto. Guerra ganada por goleada.

viernes, 27 de marzo de 2026

El laboratorio de lo humano

Apunte del 2007: actualización



«¡El teatro ha muerto! No es posible que, habiéndose desarrollado la tecnología, aún se siga haciendo arte como hace dos mil años; hacer teatro hoy es como escribir con plumas de ganso teniendo una computadora». Así me despedía un amigo hace algún tiempo.

El teatro ha sido declarado muerto muchas veces, como si su antigüedad lo condenara a la obsolescencia. Sin embargo, esas sentencias recuerdan más a juegos de ingenio que a verdades definitivas: en un grafiti satírico —un meme de la era analógica—, Nietzsche fue proclamado difunto por Dios en un muro universitario, y aun así seguimos leyendo a Nietzsche. Del mismo modo, el teatro, pese a los augurios de quienes lo consideran un arte arcaico, se mantiene vivo porque ofrece al ser humano un espacio irreemplazable para decir, hacer y ser.

En un mundo cada vez más digital y fragmentado, esa persistencia no es casual: el teatro funciona como un ágora contemporánea, un lugar de encuentro donde se procesan las crisis colectivas y se ensayan respuestas a lo que nos desborda. No es un lujo ni un pasatiempo, sino un laboratorio de reflexión que nos recuerda que la experiencia compartida sigue siendo necesaria.

Y es precisamente la magia de lo presencial lo que lo convierte en un territorio insustituible. Frente a la virtualidad que domina la vida cotidiana, el teatro nos devuelve lo más humano: el contacto físico, la palabra compartida y la posibilidad de imaginar juntos un mundo distinto. Por eso, aunque se anuncie su muerte, el teatro seguirá renaciendo cada vez que alguien se atreva a habitarlo.

lunes, 22 de septiembre de 2025

¡Feliz día del mimo!

—¡Feliz día! —me espeta a las 8 de la "mornin" el colega César Chirinos.
Mientras me sacudo pesadamente el sueño incompleto, pregunto:
—¿Qué día es hoy? Porque, hasta donde recuerdo, hoy vence el día de pago de mis deudas.
—Dicen los hijos de Marceau que es el día internacional del mimo —responde.
—Ah, cierto… —Temprano (eufemismo de "ayer"), había brindado por el silencio en estos términos:

Juré ser el señor del silencio,
maestro de gestos, poeta del aire,
pero hoy me obligo a romper el hechizo
y a soltar palabras... ¡qué desmadre!

¿Cómo explicar con voz lo que las manos
dibujaban en el espacio puro?
¿Para qué sirve un "¡Oh!" melodramático
si un puño al pecho ya lo dice duro?

Un discurso sobre el arte de no decir nada…
Me traiciona la lengua, el acento me delata,
vendiendo silencios... ¡a gritos y con ritmo!
¡La ironía muerde como un perro mudo!

(¿Ven? Esto antes lo hacía con mi mirada).
¿Quién soy si digo “yo”?
Se perdió el honor de aquel que hablaba
con una sonrisa en la mirada… Y bla bla bla…

¡Feliz día del mimo!