― ¿Qué se sirve?― Un chilcano, clásico, por favor.
El mozo anota en una libretita y se va.
Espera mirando por la amplia ventana a la gente que, como él, a esa hora zanganea.
Un amigo le saca de su ensimismamiento.
― (Mientras se sienta a su mesa) ¡Oye, tú ya no vas al teatro!― ¡Nicky!
Se saludan como si hubiesen pasado años sin verse, luego todo el protocolo: ¿Cómo estás?, ¿qué haces?, ¿estás trabajando?, ¿dónde? Y de nuevo:
― Oye, no te veo por el teatro.― ¿Cuál teatro?― Cualquiera. No te veo en ninguna parte ni como público, ¿por qué?
― No me gusta el teatro, prefiero el futbol. (Sueltan la carcajada).
Traen el chilcano, Nicky pide un capitán y sigue la charla:
― ¡Ya, en serio!― En serio.― ¿Tanto así?― Tanto así.― ¿Por qué, manito?― Porque me olvido de los zapatos.― ¡Qué!― Quiero decir que ahí nada me molesta, nada me incomoda; ni el pantalón ni la camisa. La inspiración puede surgir en cualquier momento; garantizado si juega Cueto. La creación, hermano, no importa en qué disciplina, es maravillosa. Es un placer estar presente cuando surge.
Llega el capitán, Nicky lo apura en una y vuelve:
― ¿Fuiste a ver…?― A los diez minutos sentía los pies hinchados. ¿Sabes lo que es estar diez minutos sentado queriendo sacarte los zapatos?― ¿Estás hablando en serio?― Sip.― ¿Por qué, ah?― Porque sólo se ponen serios y leen su letra de memoria.― (Nicky reflexiona unos segundos) Creo que tienes razón. ¡Mozo! Otro capitán. Tú, ¿otro chilcano?― Otro chilcano.
Y siguen con su charla. En la mesa de al lado, tomo nota: sólo se ponen serios y leen su letra de memoria.
Miraflores, junio 15 del 96; en el Haití