Desde hace mucho me da vueltas en la cabeza algo que quiero y debo hacer: transmitir lo que aprendí. Que, en resumidas cuentas, es lo que he tratado de hacer desde que alguien me dijo: enséñame.
Lamento haber dejado pasar demasiados años porque en ese lapso he olvidado mucho. Sólo conservo lo que he ejercitado con mayor frecuencia. La memoria es ingrata.
Tenía muchos planes cuando amanecíamos al 2020: comprar una moto, recorrer Perú de extremo a extremo y actuar en todas las plazas que encontrara. Pero el año llegó con sorpresa: me obligó a aislarme y enseguida me convirtió en persona vulnerable. Los primeros meses de las restricciones anduve desconcertado, como todos; no voy a ahondar en eso porque aún es presente para muchos; despedí y rondé mi despedida, pero sigo aquí con una obligación pendiente.
Así que, en un intento por ser útil, retomé la redacción de esta breve compilación de lo que me fue informado por mis maestros; bueno, me refiero a lo salvado por el tamiz, deplorable, de mi comprensión.
Me he tardado, entre otras razones, porque creo que hay quienes pueden hacerlo muchísimo mejor porque tienen mucha más experiencia, capacidad, competencia. Pero he visto pasar el tiempo y… entonces me dije: bueno pues, compilaré lo que me acuerdo.
La tarea emprendida me es complicada porque por deformación, que para el caso llamaré deportiva (siempre estoy buscando lo simple, breve y eficaz), me cuesta mucho abundar en la explicación; tampoco puedo evitar, en muchos casos, decir las cosas por lo que no es.
Pero no sólo se trata de una suerte de memoria; en esto también tienen mucho que ver los estudiantes que me hacen el excesivo honor de considerarme maestro; porque si algo sé es porque ellos, con sus exigencias, me obligaron a estudiar lo que había aprendido.
Por último: redacto esto porque sé que muchos jóvenes, como yo hace muchos años, ante la escasez de escuelas de este arte buscan una manera de comenzar procurándose alguna lección por muy simple que sea. En mis tiempos esa búsqueda la hacíamos asistiendo ávidamente a los escasos espectáculos de mimo que se presentaban, leyendo algunas entrevistas a Marcel Marceau, viendo innumerables veces films en los que accidentalmente aparecía un mimo o acosando a mimos por una lección. Aunque ahora esa búsqueda se ha trasladado al ciberespacio, no me siento bien ignorándola. Por eso, aquí, algunas intuiciones que creo que podrían servir en este camino.
Pero…
Advertencia:
Lo que diré me fue enseñado por mis maestros. En esos textos no encontrará demasiadas ideas originales; sólo, espero, plagio legítimo.
Muchas cosas las escuché por ahí, las leí por allá o, quizá, se me ocurrieron. Pero suelo atribuirlas a alguien para darles alguna autoridad. Alguna vez le dije esto a mi maestro Ángel Elizondo:
—Lo siento, pero muchas veces digo que tú dices cosas que quizá no dijiste.
Él sonrió y respondió:
—Yo hago lo mismo con Decroux.
Conservo esta anécdota porque resume, para mí, lo que hace un maestro. Los conceptos, las definiciones y las teorías pueden adquirirse de muchas maneras. Pero la curiosidad, el carácter y la vocación de aprender se transmiten de otro modo. Un maestro no sólo entrega conocimiento: despierta el deseo de adquirirlo.
Así entendí que la autoría no siempre es un punto de partida; a veces es un punto de llegada. Pensamos porque otros pensaron antes. Nuestras ideas son, en gran medida, recombinaciones, préstamos y transformaciones. Nadie piensa completamente solo.
«Si he logrado ver más lejos, ha sido por estar subido sobre hombros de gigantes»
—Isaac Newton
Cuando digo «Elizondo dice...», no sólo intento darle autoridad a una idea. Pongo en escena a mi maestro; le doy un cuerpo a un concepto abstracto. Creo un linaje. No estoy necesariamente señalando a su propietario, sino reconociendo un eslabón.
Mi maestro, al decir que él hace lo mismo con Decroux, me recuerda precisamente eso: que también él es un eslabón y no un origen. Y quizá Decroux lo fue antes, heredando a su vez de otros, de la tradición, de la Commedia dell'Arte o de maestros cuyos nombres se han perdido.
La tradición no es una cadena de propietarios, sino un río. La autoría es un préstamo perpetuo.
Por eso, cuando atribuyo una idea a alguien, no siempre estoy diciendo: «él fue el primero en pensarla». A veces estoy diciendo: «esto llegó hasta mí a través de él». El conocimiento habita en las personas, pero difícilmente les pertenece.
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| Ángel Elizondo |
Y sí: puede ocurrir que algo se me haya ocurrido a mí y lo ponga en boca de un maestro para que sea escuchado. Una mentira poética, quizá. Un homenaje. Como si, al atribuírselo a un gigante, estuviera añadiendo un ladrillo a su edificio.
Ahora entiendo que cuando digo «Elizondo dice», en ocasiones estoy diciendo en realidad: «yo pienso, pero necesito que tú me escuches».
Y cuando mi maestro respondió «yo hago lo mismo con Decroux», quizá me estaba dando un permiso tácito: el permiso para ser un eslabón y no un origen.
Ésa es, entonces, mi única autoría: no las ideas, sino la osadía de ponerlas en boca de los gigantes.
Dimensión Corporal
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