Por eso, cuando escucho a Nerit Olaya, lo escucho con complacencia y más todo lo que no dice como si fuera un eco natural: el tránsito de la gente, la discusión de las placeras, las instrucciones de los maestros de obra o al profesor enseñando razones trigonométricas en triángulos rectángulos.
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jueves, 24 de septiembre de 2026
Saber decir: una opinión desde el silencio
Por eso, cuando escucho a Nerit Olaya, lo escucho con complacencia y más todo lo que no dice como si fuera un eco natural: el tránsito de la gente, la discusión de las placeras, las instrucciones de los maestros de obra o al profesor enseñando razones trigonométricas en triángulos rectángulos.
martes, 18 de agosto de 2026
Consecuente
Por eso, cuando atribuyo una idea a alguien, no siempre estoy diciendo: «él fue el primero en pensarla». A veces estoy diciendo: «esto llegó hasta mí a través de él». El conocimiento habita en las personas, pero difícilmente les pertenece.
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| Ángel Elizondo |
Y sí: puede ocurrir que algo se me haya ocurrido a mí y lo ponga en boca de un maestro para que sea escuchado. Una mentira poética, quizá. Un homenaje. Como si, al atribuírselo a un gigante, estuviera añadiendo un ladrillo a su edificio.
domingo, 9 de agosto de 2026
Mimagínate
viernes, 27 de marzo de 2026
El laboratorio de lo humano
lunes, 22 de septiembre de 2025
¡Feliz día del mimo!
maestro de gestos, poeta del aire,
pero hoy me obligo a romper el hechizo
y a soltar palabras... ¡qué desmadre!
¿Cómo explicar con voz lo que las manos
dibujaban en el espacio puro?
¿Para qué sirve un "¡Oh!" melodramático
si un puño al pecho ya lo dice duro?
Un discurso sobre el arte de no decir nada…
Me traiciona la lengua, el acento me delata,
vendiendo silencios... ¡a gritos y con ritmo!
¡La ironía muerde como un perro mudo!
(¿Ven? Esto antes lo hacía con mi mirada).
¿Quién soy si digo “yo”?
Se perdió el honor de aquel que hablaba
con una sonrisa en la mirada… Y bla bla bla…
viernes, 2 de mayo de 2025
El juglar del siglo XX
jueves, 28 de noviembre de 2024
To copy or not to copy
miércoles, 28 de agosto de 2024
Camino a la escuela de mimo
Camino a la escuela de mimo de Ángel Elizondo, hice una parada en La Paz. Allí, decidí ir al teatro. De la obra que vi recuerdo poco —apenas algunas escenas—, pero no olvido el encuentro casual a la salida con Liber Forti. Fue breve: intercambiamos noticias sobre nuestras actividades, y él, sabedor que era mimo, me insistió en actuar en la ciudad. Como le dije que lo consideraría, anotó en mi libreta unos contactos —entre ellos, Ernesto Cavour y Luis Rico— para que me ayudaran. Gracias a eso, días después, disfruté de un espectáculo maravilloso en la Peña Naira.
Al día siguiente, fui a la Universidad Mayor de San Andrés. Sin conocer a nadie, pregunté hasta dar con la oficina de un tal Guido Calavi. No recuerdo su cargo, pero apenas supo de mí, organizó funciones en la explanada de la UMSA y me invitó a quedarme en su casa. Caí enfermo —fiebre, congestión, afonía—, pero aun así actué. Diez días después, tomé el tren hacia Villazón, al sur de Potosí.
Siempre tuve estancias agradables en La Paz, pese a sus calles empinadas. Aunque una vez llegué en pleno golpe de estado y tuve que "huir" —en una de esas retiradas forzosas, en 1984, terminé en Bauru, São Paulo—, hice amigos entrañables. Guido Calavi, por ejemplo, me contaba entre risas que sus obras llevaban nombres de partes del cuerpo: La nariz, entre otras. En su momento, me fascinaban sus historias; hoy, lamento haberlas olvidado. Perdóname, Guido.
En Villazón, crucé a pie hasta La Quiaca. Caminé, comí algo y me preparé para el viaje a Buenos Aires. A bordo del tren, en algún punto del trayecto, nos detuvieron en un control.
A medianoche, caí en cuenta de que era mi cumpleaños. Sin pensarlo, se lo comenté a un pasajero aburrido como yo. Su reacción fue inesperada: tomó su sombrero, salió y regresó con una botella de licor y dos pocillos de barro. Levantó el suyo y anunció al vagón: «¡Hoy es el cumpleaños del amigo!». De pronto, botellas de colores, brindis, abrazos, risas y guitarras llenaron el aire. La fiesta espontánea alivió el tedio de todos.
Al llegar a Rosario, desperté con un dolor de cabeza brutal. Mientras buscaba algo —no sabía qué—, unas chicas me miraron sonrientes y, con picardía, me lanzaron: «¿En qué se parece la mariposa al sapo?». Era el texto de Pedro 1 en El cuento del hombre que vendía globos, de Grégor Díaz. Sin voz, moví los labios: «En que la mariposa vuela de flor en flor…». Ellas completaron: «¡Y al sapo, que mierda le importa!». Reímos. Mientras me preguntaba qué habría dicho o hecho en mi estado, me acomodé como pude y seguí dormitando.
En Buenos Aires, el frío en la estación Retiro terminó de despertarme. Allí empezaría, en serio, mi camino como mimo.
sábado, 9 de septiembre de 2023
Último acto
miércoles, 21 de junio de 2023
Story Time: José
Recordando los procedimientos que, en la primaria, la profesora Flor me enseñó para germinar un fréjol, durante el covid me di a la tarea de sembrar algunas semillas de ají; y vi que, de manera inevitable, de cada semilla germinaba una planta de ají y no otra cosa.
−Quiero aprender mimo−¿Sí?−Sí−¿Por qué?−Porque quiero enseñar, ahora hay mucha gente que quiere aprender−¡Ah! Te parece que sería un buen negocio−Sí, ahora llaman mimos para todo, hasta para dirigir el transito.
−¿Cuánto tiempo estás dispuesto a dedicarle al aprendizaje?−Quiero aprovechar el verano, unos tres meses−¿Te parece que con tres meses sería suficiente para aprender mimo?−Puede ser un poco más, uno o dos meses más para aprender bien, ¿en cuánto tiempo me puede enseñar usted?−Pues me la pones difícil−¿Por qué?−No se me ocurre cómo enseñarte en unos meses lo que me está llevando años.
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| José Navarro |
lunes, 14 de febrero de 2022
Mi amigo, el marqués
lunes, 13 de septiembre de 2021
Jorge Acuña: Hacedor Del Teatro De Calle
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| Jorge Acuña |
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| Diseño de Héctor Arnao para el afiche y el programa de mano |
viernes, 27 de agosto de 2021
Crónica de supervivencia de un mimo errante
miércoles, 11 de agosto de 2021
Un camino para la libertad [1]
Llegábamos de uno en uno a eso de las seis y media de la tarde. Nos quitábamos la ropa en silencio y nos poníamos algo muy simple: un pantaloncillo corto y una camiseta sin mangas, descalzos. Mientras esperábamos la llegada de los demás, nos movíamos buscando alguna molestia en el cuerpo para deshacernos de ella. Al dar las siete, ya estábamos todos (a esa hora se consideraba que los presentes éramos todos los que íbamos a participar, nadie más).
A esa hora, el maestro contaba a los presentes y ordenaba un número de repeticiones por cada uno: 50, 80 ó 100. Si éramos 10 y había ordenado 50, significaba 500 repeticiones de cada forma que practicaríamos ese día. Los viernes invariablemente ordenaba 100. Esto tomaba dos tercios de la clase, luego seguía el momento de ensayar combinaciones (una suerte de boxeo de sombra), concluíamos con unas peleas en las que cada uno participaba, por instrucción del maestro: sin ganas de ganar y sin ganas de perder.
El primer lunes de cada mes nos enseñaba una forma nueva de golpear, derribar, someter y cómo defenderse de ellas.
Seguí estas prácticas durante algunos años, tres veces por semana, como quien practicaba un deporte o iba al gimnasio para estar físicamente saludable, nada más. Iba y, siguiendo las enseñanzas del maestro, repetía el golpe, el agarre, la defensa, pero siempre mejor.
Nunca había probado la utilidad ni la eficacia de eso que practicábamos. Digo eso que practicábamos porque no tenía un nombre como futbol, basquetbol o natación; para nosotros era algo así como jugar a pelear (ahora diríamos artes marciales, en esos años no lo llamábamos así, tampoco karate. El Judo y el Karate como disciplinas deportivas llegaron después. Como todo deporte federado, tenían un uniforme que las distinguía y además unos cinturones de colores que señalaban el nivel de pericia o maestría de cada practicante. Al notar eso, le pedimos al maestro que nos asignara unos. Él preguntó para qué, cuando se lo explicamos sólo se rio mucho). Por lo demás, el maestro nos tenía prohibido meternos en problemas: si pelea calle, no venga.
Un día, mientras esperaba mi transporte en la esquina de una avenida, un hombre comenzó a arrastrar a una mujer. Al principio no entendí lo que pasaba, pero casi inmediatamente me di cuenta de que el sujeto quería robarle la cartera y la dueña no se desprendía de ella. Por un instante me quedé paralizado por el miedo, pero recuperando el valor enfrenté al delincuente instándolo a que la dejara. Éste, enojado por no poder salirse con la suya, se volvió hacía mí dispuesto a desquitarse conmigo y, vociferando unas groserías, me atacó. En ese momento mi ser aceptó la situación; mi respiración, que se había agitado por el temor, se calmó; mi cuerpo se deshizo de tensiones innecesarias y mis pensamientos guardaron silencio. Automáticamente esquivé su embestida y contraataqué sin pensar en cómo. Lo vi sentarse en el suelo tomándose el costado mientras, con desesperación, trataba de respirar. Levanté a la señora, la ayudé a subir a un ómnibus y me fui.
Años después, luego de terminar mi participación en un festival de artes escénicas, recordé este incidente. El programa del día se había retrasado más de una hora y el público estaba impaciente. Los colegas que me antecedieron, afectados por la situación, hicieron unas presentaciones pobres. El temor al fracaso comenzó a dominarme y decidí no exponerme, pero me anunciaron: instantáneamente me serené, mi cuerpo se templó y prevalecí. Mi preparación, como aquél día, me dio lo que necesitaba para enfrentar la situación. En el arte marcial, teatral, musical, etc., el camino de la libertad está en la repetición –en el ensayo–, pero siempre mejor.
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[1] No se es libre cuando uno hace lo que quiere en circunstancias favorables, sino cuando éstas podrían contenerlo.
sábado, 24 de julio de 2021
El vacío y la técnica
El vacío y la técnica[1]
Escuela Nacional Superior de Arte Dramático
Lima, Perú
2016
EL VACÍO
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| Figura 1 |
LA TÉCNICA
El intelectual colonizado, en el momento mismo en que se inquieta por hacer una obra cultural no se da cuenta de que utiliza técnicas y una lengua tomadas al ocupante. Se contenta con revestir esos instrumentos de un tono que pretende ser nacional, pero que recuerda extrañamente al exotismo. El intelectual colonizado que vuelve a su pueblo a través de las obras culturales se comporta de hecho como un extranjero. Algunas veces no vacilará en utilizar los dialectos para manifestar su voluntad de estar lo más cerca posible del pueblo, pero las ideas que expresa, las preocupaciones que le invaden no tienen nada en común con la situación concreta que conocen los hombres y mujeres de su país (Fanon, 1980:204).
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| Figura 6 |
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Figura 7 |
Bibliografía
Boal, A. (1982). Técnicas latinoamericanas de teatro popular. México: Nueva imagen.Fanon, F. (1980). Los condenados de la tierra. México: Fondo de cultura económica.
Hagen, U. (2002). Un reto para el actor. Barcelona: Alba.
Miyamoto, M. (2013). El libro de los cinco anillos. Madrid: ESAF. S.L.U.
Tse, L. (1977). Tao te king. México: Premia.

















